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sábado, 13 de abril de 2013

Los asesinos del Carnaval de Cádiz


   Escribo este artículo desde un asiento de tren. Son las nueve de la mañana. Unos 30 pasajeros en el vagón de 20 años de media, la mayoría universitarios. En sus miradas, nada. En sus oídos, nada. En su gusto, nada. En su olfato, nada. En sus manos, un crimen.

   Son delincuentes. Les acuso. Les acuso de asesinato con las agravantes de enseñamiento y alevosía. ¿A quién han matado? A su conciencia (del latín, conscientia, conocimiento compartido). Pero no soy nadie para imponerle la pena porque en su pecado ya tienen la penitencia, y los carajotes no se dan cuenta.

   Me planteo si en el Carnaval no está ocurriendo lo mismo que ocurre en nuestras Universidades, ya desnaturalizadas.Vivimos una época en la que la perversidad y la corruptela de toda clase: política, religiosa, social, económica; están por encima de todo valor o principio rector del pensamiento occidental. 

   A esta perversidad y corruptela se responde; en las aulas, con indiferencia y mensajería instantánea; en el Carnaval, con pasodobles a nuestra (“y de naide más", como dirían algunos) Caleta.

   Ya sabemos quiénes son los asesinos, los jóvenes. Pero estos jóvenes no son más que autores inmediatos de sus crímenes. Hay otros que, sin tener las manos manchadas de sangre pero sí de Moscatel, son mediatamente responsables de los crímenes que nuestra juventud, inconsciente, comete.

   ¿Quiénes son entonces los responsables en el Carnaval de Cádiz? Se da la coautoría de dos sujetos: por un lado, los autores; por otro, el aficionado. ¿Qué se aplaude más desde el teatro Falla: un “yo me enamoré de ti” cantado por un octavillita o un “un cuatro de diciembre muere un malagueño"? Es una coautoría necesaria. Se necesitan mutuamente para delinquir. 

   No podemos permitir que un Primer Premio, de la modalidad que sea, omita el espíritu crítico, revolucionario, y progresista que debe acompañar a este Arte por su propia condición de Arte. Si algo no remueve conciencia, del tipo que sea, no es Arte.

   ¿El juez? Nadie. Nadie quiere conocer de un asunto como este. La experiencia nos ha mostrado como algún autor de corte garzoniano ha sido acusado de prevaricación y cohecho faltando al código deontológico de nuestro Carnaval (made in La Viña) siendo inhabilitado de la carrera carnavalicial (Sentencia del Tribunal Pellejo, de febrero de 2003).

   No quieren innovar. No quieren evolucionar. No quieren dar a este Arte, que no es nuestro, porque el Arte no es de nadie, la consideración que merece. Quieren mirar a las tablas del Falla y tener una sensación idéntica a la de mirar su móvil, o a su ombligo, si alguno se acuerda que lo tiene. Desde la ausencia. Desde la apatía. Desde la perspectiva de un asesino. O un suicida. 




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